No es coincidencia que el militar con mayor visibilidad mediática dentro de la retoma del palacio de justicia, el que los periodistas convirtieron en símbolo de la respuesta estatal, haya sido procesado como responsable de lo que quiera que pasó ahí. Plazas era un blanco fácil. El condecorado y tenebroso Fracica tenía exactamente el mismo rango en la operación y está libre. El espectáculo político confuso en el que se convirtió el juicio contra Plazas contribuyó a que los que estaban de verdad al mando, los que tomaron decisiones, los que dieron las órdenes, desaparecieran del radar. Ahora el progresismo imbécil y el establecimiento militar respiran ambos aliviados. Los primeros, con el puño en alto, porque se sienten reivindicados tras la crucifixión del teniente coronel enérgico que cometió el error de dar declaraciones memorables a la prensa desde un vehículo blindado. Los segundos, más discretos, porque saben que el fallo del juicio reduce el riesgo de que se abran procesos en su contra que destapen la verdadera olla de inmundicia e ineptitud detrás de lo que pasó ese noviembre vergonzoso de 1985. Todos felices y a salvo.

Plazas Vega como todos los recuerdan.