De lo que quisiera que habláramos, si hay alguien que pueda leerme allá afuera, es de la identidad de la cámara. Porque cuando la toma es sostenida y activa, cuando su posición adquiere el papel de presencia, es necesario preguntar quién antes de adentrarse en los porqués. Quién anda ahí y qué quiere de mí. A través de quién veo. Quién filtra y otorga sentido. Quién modula la verdad. Lo que yo veo en La casa muda es una cámara en alianza con una consciencia trastornada e incapaz de ser fiel a la realidad que presencia. El lente es sincero y por eso miente. La cámara de La casa muda deforma y no se rinde a la exigencia de representar sin antes interpretar, lo que puede ser percibido como una traición por aquel que ingenuamente espera complicidad testimonial.

A diferencia del teatro, en el que es necesaria la participación activa del intelecto del espectador/lector, el cine no deja prácticamente nada a la imaginación del vidente/lector. En ese aspecto, es un formato casi dictatorial y para nada abierto a la participación o relectura.
No obstante, no es ése el motivo por el que prácticamente he dejado de ir al cine.
No tengo esa impresión. El cine y la televisión me parecen medios riquísimos en capas y lecturas.
Vuelve a cine.