Me quedé sin abuelos antes de alcanzar a conocerlos bien. Me encantaría haber podido hablar con ellos de verdad, como sí he podido hablar con mis abuelas. Mi abuelo paterno, le decíamos Chucho, murió cuando tenía cinco o seis años. Murió en Cali, donde vivía desde hacía mucho tiempo. Mi papá me llamó desde Francia para contarme. Creo que era muy pequeño para entender la noticia. Chucho había nacido en Manta, Cundinamarca. Alguna vez fuimos. El cementerio está lleno de Morenos. Era el hijo del gamonal del pueblo y una muchacha campesina. Mi apellido es el de esa muchacha campesina. Mi abuelo trabajó toda su vida en oficios diversos en varias ciudades y en compañía de mi abuela sacó adelante a sus siete hijos y una hija, Luz Stella, la menor, que murió de cáncer antes de cumplir los treinta años. Era un señor complicado, muy estricto y duro. Había tenido una vida difícil. Recuerdo su cara pero no su voz ni su presencia. Era largo y alto.

Mi abuelo materno, Arturo, nació en Tibasosa, Boyacá. Cantaba y hablaba fuerte. Era grueso. Le gustaba llevarnos a caminar entre los cientos de naranjos que había sembrado en su finca en Pacho. Estudió el colegio en Tunja, creo, y luego la universidad en Bogotá. Enseñó matemáticas en el Gimnasio Moderno y la Universidad Pedagógica desde los años cincuenta, por ahí. A mi abuela la conoció estudiando en la universidad. Eran organizados y sistemáticos. Tuvieron siete hijas y un hijo. A él lo recuerdo más que a Chucho. A veces me llevaba al colegio cuando era pequeño. También me buscaba después de almuerzo para saludarme. Murió cuando yo tenía unos trece años. Probablemente fue mi primer contacto cercano con la muerte. Todo fue muy triste. Aquí está uno de los libros que escribió.