Decía hoy que Bogotá funciona mejor como buen recuerdo que como realidad cotidiana. La verdad es que a estas alturas ya no recuerdo en qué consiste vivir allá. No la reconozco como mía así sea la única ciudad que tengo. Cuando la visito me siento agredido y amenazado por las personas, la contaminación y la infraestructura por igual. Es angustiante. Todo parece estar al borde del colapso tanto urbanístico como social. Supongo que perdí la habilidad particular (el entrenamiento (¿o la ceguera?)) que se requiere para manejarla y disfrutarla. Me sorprende con sinceridad que alguien pueda. Mi percepción es que Bogotá sólo le sirve (y apenas parcialmente) a los pocos que habitan la burbuja privilegiada. La gran mayoría debe luchar a diario en contra de la ciudad para poder (mal)vivir en ella.