La matemática tiene una relación conflictiva con su pasado. A diferencia de lo que pasa en filosofía, en matemática la literatura clásica sobre un tema activo es usualmente prescindible. Por lo general hay reformulaciones modernas que son más útiles y claras. Una consecuencia de esta relación particular con la historia de la disciplina es que las motivaciones iniciales (los problemas) que dieron nacimiento a muchos conceptos se pierden en la digestión. El drama humano sobrevive si acaso como nota al margen entre simpática y curiosa. Una introducción moderna a la teoría de conjuntos pocas veces parte de las reflexiones analíticas que forzaron a Cantor a definir el concepto de ordinal transfinito. Los esquemas de Grothendieck no se introducen como respuesta a las conjeturas de Weil. En ambos casos hoy prefieren caminos semiaxiomatizados menos escarpados. Todo se decanta constantemente en aproximaciones cada vez más simples y sistemáticas. En la práctica, un estudiante no requiere esas historias para acceder a sus productos/conclusiones. Las presentaciones actualizadas proponen sus propias intuiciones y rutas de aprendizaje (que reflejan más que nada la percepción íntima del autor). Maravillosamente, los conceptos matemáticos se sostienen casi imperturbados bajo estos juegos de versiones en renovación constante. A siglos de distancia, asimilamos las contribuciones fundamentales de Gauss, Riemann y Galois sin haberlos leído jamás.

Gauss muerto
Gauss muerto.