Eso escribió Michael Rafferty en Facebook horas antes de secuestrar, violar y finalmente asesinar a martillazos (con el apoyo de su novia) a una niña de ocho años. Dios sabe de qué hablaba, no importa. En el artículo breve del periódico que recopila detalles de la audiencia de ayer, recontextualizan la nota aislada y la convierten en otra prueba más de su perversión criminal (de su infección). No necesitan decir nada más: la frase demuestra que la barbarie no sólo era premeditada sino anhelada como un evento positivo en su futuro. La maldad estaba enquistada. Michael Rafferty es, no lo olvidemos, una víctima de esa fuerza oscura que, aprovechando su reconocida afición a las drogas, ofuscó su tendencia natural a amar al prójimo y vivir en la virtud.