Entonces creo que lo que pasa es que cada persona tiene su sentido particular de trascendencia pero es incapaz de reconocer que ese sentido está diseñado para adaptarse a sus propias posibilidades físicas y psíquicas y es por ende intransferible a otros, lo que lo convierte en un parámetro pésimo para juzgar las expectativas y propósitos de los demás. Uno de los errores de las religiones establecidas consiste en pretender que cada persona renuncie a su sentido particular de trascendencia o por lo menos lo adapte para que sea diligenciable en un formato genérico de salvación. Esta pretención de las religiones envuelve a sus practicantes/consumidores en estructuras mentales represivas cuyo única utilidad es asegurar que su sentido particular de trascendencia no recobre control de la historia que el individuo cuenta con sus acciones, pensamientos y decisiones. Digo “cuenta” porque asumo que la experiencia de la existencia es indistinguible de su narración subconsciente (noción discutible pero que estoy dispuesto a defender), gracias a la cual la sucesión de eventos gana progresivamente significado y también valor. Así, al adoptar sentidos de trascendencia ajenos o peor aún genéricos cedemos autonomía sobre no sólo nuestra vida sino la interpretación íntima y extensa que requerimos para creer que con cada parpadeo continuamos siendo el mismo y el futuro nos pertenece, así sea en una manera puramente local. Por lo general, la negación de nuestra singularidad y asimilación (necesariamente fallida) de expectativas externas se opone a nuestra consolidación emocional.

Noción perfectamente defendible, Javier. ¿No es la narración subconsciente de nuestra existencia la mera verbalización de la experiencia en nuestra mente? Sin el logos, no hay narración, dejamos ‘aparentemente’ de ser.
Curioso por otra parte que la religión que ganó la partida (no es que sea un juego, es solamente una expresión) inicie su libro gordo de Petete con: ‘En el principio era el verbo’. El paso de la cultura oral a la escrita sirvió, y de mucho, a la mayoría de las religiones establecidas. La falacia de un logos divino quedó firmemente establecida, inasequible a la modificación y/o la interpretación alternativa (la herejía).