Érase una vez un niño llamado Álvaro. Tenía cincuenta y nueve años. Álvaro estaba berraco. Estaba muy berraco: las vacaciones en el país de los niños reyes se habían acabado. Como estaba berraco, entonces Álvaro no quería comer ni bañarse ni tampoco vestirse. «Cuidado», advertía su mamá, «Ahí viene Álvaro», y él corría por la casa gritando y agitando los brazos. Tumbaba vasos y libros de las mesas. Insultaba desconocidos en internet. Hacía videos mostrando diente. No respondía cuando lo llamaban. «Estoy berraco», decía, y los papás lo ignoraban porque el psicólogo decía que Álvaro quería atención. Era difícil ignorarlo. Cada día era peor. Los papás le pidiéron pastillas al psicólogo pero él dijo que no era de esos psicólogos. Les dio unas gotas que no servían para nada. Cada mañana los gritos eran más fuertes. Un día los vecinos llamaron a la policía y la policía vino a preguntar qué pasaba. «Álvaro está berraco», respondió el papá. Los policías pidieron ver a Álvaro pero él no quería abrir la puerta. «Estoy berraco», gritaba desde su cuarto. «¡Es-toy-be-rra-co!» Los policías pidieron disculpas y se fueron justo a tiempo, porque Álvaro rompió la puerta con sus garras y rugió. Se había convertido en un monstruo. Su mamá le preguntó quién era. Su papá le preguntó dónde estaba Álvaro. Álvaro volvió a rugir porque no se daba cuenta de lo que pasaba. La mamá lloraba y el papá gritaba «¡Qué hiciste con mi hijo!», era todo muy confuso. Álvaro corría alrededor de los dos diciendo «¡Soy yo, ¿no me ven?, soy yo!» pero sus papás sólo oían los rugidos amenazantes de la bestia de pelo morado, ojos incandescentes, siete tentáculos, espuma en la boca y espinas en la panza. «Soy yo, soy yo», decía Álvaro angustiado, pero sus papás le pedían, de rodillas y en lágrimas, que se fuera, que no los matara con esa espada afilada que cargaba.