El año pasado sembramos rosales en el balcón. Cuando los compramos estaban pesados, cargados de flores. Daba gusto verlos afuera, iluminando la ventana a dos colores. Son rosas pequeñas blancas y rojas. Las últimas todavía estaban vivas cuando cayó la primera nevada de la temporada, mucho más temprano de lo esperado. Recuerdo las flores atrapadas entre la nieve, tan confundidas como nosotros por el cambio súbito de clima.

Ayer el rosal rojo empezó a florecer. Es una flor por ahora, en una rama corta. Una ardilla joven, no la visitante habitual, intentó comérsela pero le grité y saltó asustada al árbol. En cuestión de un día la flor pasó de un capullo verde cerrado a un pequeño puño rojo brillante. Pronto abrirá sus pétalos. Desde el escritorio veo dos rosas más en camino. Considerando lo descuidados que somos es realmente milagroso que estén vivos y floreciendo.