La rutina es sencilla: comer, dormir, cagar, mear, llorar a gritos. Es el precio de estar cautivo en un cuerpo tan débil. De día la segunda fase de prolonga. De noche la quinta fase es central. Mi ciclo de sueño reducido sirve de muy poco. Buena parte de la exigencia física recae directamente en Mónica, quien acepta con alegría el martirio dulce de sus reclamos crípticos a llanto tendido (única herramienta comunicativa a su disposición) así como el estado lamentable de cadera y tetas (consecuencia del esfuerzo que requiere (aprender a) alimentarla). Yo apenas sirvo de asistente logístico, cambiador de pañales, humorista y niño cantor ocasional. Cuando Laia duerme todos duermen. Mi felicidad es verla.