Esta madrugada se fue mi mamá. Hace un rato se reportó en Bogotá. Llegó a Ontario cuatro días antes del nacimiento de Laia. Participó en el (inevitable drama del) parto y asesoró con éxito a Mónica en el asunto de las tetas y la leche, que es siempre complicado, doloroso y sobre todo angustiante los primeros días. También nos tranquilizó cuando Laia tuvo un conato de menstruación durante la primera semana. Una abuela pediatra tiene sus ventajas.

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Hoy a las cuatro y media la niña cumplió cuatro semanas. Cada vez duerme mejor por las noches. Durante el día tiene varios momentos largos de calma despierta cuando mira cosas y mueve las manos sin esperar leche a cambio. Cuando tiene hambre o algo la incomoda (e.g., el calor, la mierda, la humedad, los gases) es furia pura.

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Entre las muecas involuntarias que hace es fácil detectar aquellas que más tarde se convertirán en gestos con mensajes controlados y precisos. Es como entrever sus palabras.

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En comparación a su mamá tengo muy poco para ofrecerle. Le hablo y juego cuando está calmada. La cuido mientras duerme. Preparo su baño. Cambio sus pañales en la madrugada. Canto y bailo para tranquilizarla. Improviso conversaciones dadaístas entre muñecos. La entretengo cuando Mónica necesita descansar. Nada que pueda asociar directamente a mí (lo que quiera decir eso para ella). Por lo pronto nuestro vínculo es débil y cualquier progreso merece júbilo. Cuando me mira lo hace con extrañeza, tal vez intentando aclarar, al igual que yo, cuál es exactamente mi papel en su sistema de satisfacción de necesidades o, más simple, a cuenta de qué merezco su atención y por cuánto tiempo. Pocas veces actúa como si me reconociera. Cuando lo hace me siento la persona más afortunada del mundo. (Y cuando no también, ahora que lo pienso.)