Es como en el chiste del señor Tanaka, un japonés rico e influyente de la ciudad de Hiroshima que por meses denunció infundadamente a un pastor metodista japonés como traidor porque el cristianismo es, obvio, anti-japonés y americano, y luego de la bomba, atrapado en el dolor y consciente de su agonía, con llagas supurantes cubriendo casi la totalidad de su cuerpo y sus ojos transformados por las quemaduras en contenedores hediondos de pus, pidió desesperado a su sirviente (o tal vez a su hija) que buscara a un hombre de fe, de cualquier fe, que lo consolara, pero sólo encontraron al pastor, quien le leyó el salmo 90 (“Porque mil años ante tus ojos son como el día de ayer que ya pasó, y como una vigilia de la noche. Tú los has barrido como un torrente, son como un sueño; son como la hierba que por la mañana reverdece; por la mañana florece y reverdece; al atardecer se marchita y se seca. Porque hemos sido consumidos con tu ira, y por tu furor hemos sido conturbados. Has puesto nuestras iniquidades delante de ti, nuestros pecados secretos a la luz de tu presencia. Porque por tu furor han declinado todos nuestros días; acabamos nuestros años como un suspiro.“). Cuando el pastor terminó la lectura, el señor Tanaka murió.

Mapa de daño en hiroshima