Quien asume el riesgo de enamorarse lo hace bajo la presunción falsa de que está capacitado para mitigar o al menos sobrevivir a los daños potenciales de la decisión (si es que hay tal). Nadie genuinamente enamorado le teme al desamor aunque el desamor sea la norma y a su paso sólo deje desolación.

Así el fin del amor sea tantas veces también el fin del mundo.

Porque qué queda por vivir cuando se acaba el futuro de los dos.