Creo que antes que matemática, lo que me gustaría que mis estudiantes ganaran con el curso es sentido de la responsabilidad y entusiasmo por el reto de aprender. La matemática es sólo un contexto cualquiera, pero su faceta lúdica resulta particularmente apropiada para enfrentar a los estudiantes a obstáculos y luego ofrecerles las herramientas para sobrepasarlos por sus propios medios. No estoy seguro de haberlo logrado. La enseñanza me hace feliz e infeliz.

El lunes, durante la clase, me sentí fuera de lugar. Escribía en el tablero y de pronto sentí con claridad que no sabía qué estaba haciendo ahí. Pensé en los estudiantes a mis espaldas. Estaban aburridos y cansados. Y yo también a veces estoy aburrido y cansado. Me esfuerzo por ofrecer una experiencia enriquecedora, le dedico mucho más trabajo del que probablemente esperan del mí, pero al mismo tiempo no creo en mi papel y siento que engaño a mis estudiantes (de la misma manera que sentía que me engañaba a mí mismo cuando intentaba sin mayor éxito hacer matemática). Nada de eso tiene mayor valor. La labor del educador mercenario propicia el cinismo. Mis circunstancias contribuyen a reforzar la sensación de que nadie da un peso por la educación de los estudiantes. Al fin y al cabo, la dejan (en especial en los cursos de primeros años) mayoritariamente en manos de personas subempleadas (desechables) como yo, con contratos temporales cuidadosamente diseñados para negar cualquier vínculo perdurable entre el instructor y la institución. Los vínculos perdurables están reservados para los llamados investigadores, quienes cada semestre dedican buena parte de su tiempo a engrosar su lista de publicaciones e idear maneras para no dictar clase y dejar la docencia (que generalmente aborrecen y desprecian) en manos de los estudiantes de postgrado y la legión de mercenarios mendigantes.

Cuesta creer en un sistema educativo que funciona así. Los cierres de curso siempre son amargos para mí. Si continúo a la cacería de cursos es sólo porque en el fondo disfruto inmensamente las horas de interacción con los muchachos, me revitalizan y me divierten, y, claro, porque la plata no nos sobra. Espero volver a enseñar el próximo verano.