El conflicto es una ficción cómoda: unifica y simplifica una variedad difusa de violencias y permite hablar de ellas (como todas y ninguna) sin entrar en detalles sociopolíticos o económicos incómodos que rompan la ilusión (y con ella la eterna promesa) de una solución universal definitiva. Aquí un ejemplo de uso (y aquí otro). Así como la paz nunca llega, el conflicto nunca se acaba. Su vaguedad intencional lo hace adaptable sin mayores modificaciones a todo discurso. Los pacificadores de oficio, naturalmente, son usuarios compulsivos del término. Con él defienden, entre otras cosas, la legalidad (y pertinencia) de sus abusos y matanzas.