El fin de semana pasado vimos la segunda temporada del Juego de tronos. Hace un año, cuando terminamos de ver la primera, Mónica leyó de golpe los cinco libros disponibles de la serie y quedó en las mismas. Yo sólo leí tres y me planté. No puedo con las tramas sin rumbo.

La adaptación para televisión corrige algunos defectos de la versión original. Casi todas las modificaciones que proponen son para bien. Los escritores de televisión son eficientes y organizados y tienen, en general, más respeto por su audiencia (y la historia) que el señor Martin, que hace años abandonó cualquier pretensión de control sobre sus tramas.

La única motivación de Martin es expandir la serie en tantos libros como pueda, abusando de cliffhangers falsos y giros dramáticos por lo general basados en la aniquilación súbita de personajes aparentemente centrales. Su prosa es apenas funcional. Su técnica narrativa, primitiva.

Mi teoría es que La canción de hielo y fuego siempre fue pensada para ser una serie de televisión o una película. O al menos siempre aspiró a convertirse en eso. Que haya sido inicialmente publicada como un libro es un accidente debido a las dificultades obvias para entrar en contacto con productores y convencerlos de que una historia a medias tiene potencial. El éxito del libro era necesario para que tomaran a Martin en serio.

El acierto principal de la adaptación consiste en ignorar las arbitrariedades de Martin y tomar su nudo de pseudo-arcos como un mapa de ruta factible de ser modificado, o (usando mi metáfora narrativa favorita) como un campo vectorial lleno de sifones (piensen en Arya, Sam, Bran, Brienne, ¿sigo?) en busca de una curva-solución suficientemente amplia (y razonablemente continua) que aproveche al máximo la riqueza del mundo que describe (sin duda su mayor virtud). De esto ya había hablado. Los guionistas saben que es riesgoso seguir a Martin a ciegas: probablemente su serie de libros se desmorone en la última o penúltima entrega (si es que Martin no sufre un infarto antes).