Digamos Yojimbo, una película de Akira Kurosawa de 1961.

Yojimbo

Sinopsis: Dos bandos de jugadores, proxenetas y malandrines se disputan el control político de un pueblo otrora próspero. Un ronin honorable pero alcoholizado ofrece sus servicios como guardaespaldas al mejor postor, pero descubre pronto que ninguno de sus potenciales empleadores es suficientemente digno. En consecuencia, sólo hay una posible solución: el pueblo debe ser destruído. El conflicto entre ambos bandos facilitará la aniquilación. Sólo el sepulturero y el generoso viejo dueño de un restaurante merecen vivir. La película cierra con la partida del samurai, malherido pero satisfecho.

En una escena clásica, los dos bandos, incapaces (por cobardía e ineptitud en igual medida) de entablar un combate real, miden fuerzas en la calle principal del pueblo lanzando espadazos al aire mientras el ronin se burla desde lo alto de una torre.

Al igual que en Siete Samurai, en el trasfondo de la historia se oculta la decadencia del modelo de vida del samurai encarnada en la llegada de las armas de fuego personales a Japón.

La vigencia del guerrero depende de la pertinencia de sus batallas para las que fue diseñado. De cierta manera, cuando el guerrero pierde vigencia, gana control sobre sus principios.

Por eso en las mejores películas de acción el héroe pertenece a una especie en vía de extinción, abandonada/perdida/descartada por el sistema/organización que la creó.

Piensen en Rambo, The Bourne Identity o Unforgiven.