El frío otoñal llegó la semana pasada acompañado de brochazos de invierno. A mí me gusta sentir frío así que por lo general sólo recurro a abrigos serios cuando la temperatura baja lo suficiente para que sea médicamente requerido. Mónica no era así. En Barcelona sufría cuando estábamos alrededor de los cinco grados, pero tras tres años acá cada vez es menos prevenida. Con Laia hemos tenido que repensar nuestra relación con el frío porque su rango de tolerancia es muy distinto del nuestro. Ayer por la noche durmió muy mal y no entendíamos por qué. Pedía comida con mucho más frecuencia de lo usual. Estaba cubierta, pero parece que no era suficiente. Por la mañana decidimos sacar uno de los mamelucos de invierno que le quedan inmensos (oso-ninja es una buena descripción) y ponérselo encima de su piyama. Casi de inmediato se quedó dormida. Por la tarde se echó una siesta larga también. Anoche durmió mucho mejor. Las cosas serán más agradables cuando empiece a funcionar la calefacción del edificio.

Una de las enseñanzas de estos primeros meses de crianza es que la única prenda de vestir que necesita un bebé son mamelucos (¿”enterizos”?). Algunos de manga corta, algunos de manga larga, con o sin pies o piernas (de pronto esos tienen otro nombre, no sé). El resto de ropa (vestidos, conjuntos de pantalón y camiseta, &c.) no es práctica, se descuadra con facilidad y es difícil que cumpla su propósito de abrigar.