Medio día. Ruta de la universidad a la casa. Llevo a la niña en el cargador. Una mujer se sienta a mi lado en el bus. Hiede a cigarrillo y trago. Seguro estaba en uno de esos bares de mala muerte del centro que surten a los alcohólicos seriamente comprometidos con el grupo hidróxilo. El sábado mataron a dos a una cuadra de ahí. La mujer sonríe. Intenta ser amigable. Me dice algo pero no le entiendo o tal vez no lo quiero entender. Esa mezcla de olores siempre me irrita. La ignoro. Cuando lo repite le entiendo. Dice: Así que hoy es el día del papá, ¿no?. Le digo sí y no digo más. Debí decirle: Todos los días son el día del papá. Me pregunta por el cargador. Qué útil es, ¿no es verdad? Asiento con la cabeza sin mirarla. Al final se cambia de puesto. Me pregunto si me eché desodorante esta mañana. Ahora las personas se sientan a mi lado en el bus. Creo que a eso lo llaman el Factor Bebé. De repente soy una persona confiable y hasta agradable. En mi vida pasada despertaba la reacción exactamente opuesta sin esfuerzo incluso si usaba desodorante. Cuando me quería esforzar fingía una tos seca, eso bastaba. También serviría saber eructar a voluntad, pero nunca he podido dominar ese arte sutil. Eso me pasa por no ser malo de verdad.