Dos chinos se disputan el control de la calle. El primero, curtido en el arte de la confrontación, espera paciente un error de su adversario en una banca frente a la puerta de su casa mientras pela una mandarina. Lleva días ahí. El segundo, inexperto, aguarda su momento oculto en un balcón. La calle siempre está llena de niños que juegan con pelotas, pólvora, cometas y lanzas de bambú. Cuando crezcan, irán a la guerra y morirán, como todos. Será triste. Dolerá. Pero la destrucción nunca es consecuencia. Una cometa amarilla se pierde entre las nubes. Lleva un mensaje. La mujer del chino joven quiere que compre un pato para su primogénito. Un pato es un buen animal. Es noble y trae felicidad a la familia china. La familia china trabaja por su fortuna. Cuando el chino viejo era aún joven tuvo una granja de patos en un pueblo setenta leguas al oriente. Vendía los patos a restaurantes de la ciudad. Eran patos jugosos y de buen sabor. Los patos escaparon una noche durante una tormenta, mataron a su padre y se comieron sus ojos. Por eso ahora prefiere a los conejos. El caldo de conejo con panecillos al vapor cada mañana es el secreto de su vitalidad.