Salimos a dar vueltas por el barrio viejo. Tres cuadras de la calle del Borbón fueron más que suficientes. Escapamos por una de las calles perpendiculares. La influencia de los Borbones, como todo el mundo sabe, es limitada. El barrio se vuelve barrio de seres humanos en calle y media. Es lindo y tranquilo, con casas de madera y balcones frágiles repletos de matas. A veces aparecen nubes de turistas alrededor de un guía que habla de fantasmas, vampiros o vudú. Todavía no entiendo por qué hay personas que pagan por algo así. Luego de un rato nos dirigimos hacia el río. Acababa de oscurecer. El río Mississippi y el río Sinú se parecen. Todos los ríos se parecen. Había música en el río y gente fumando y bebiendo en las bancas. Al fondo del malecón descubrimos un festival de comida de mar con música en vivo. Como no teníamos efectivo no pudimos comer nada. Luego de regresar al hotel para cambiar a Laia fuimos a un Oyster Bar sobre la calle real. Las ostras al carbón son muy buenas y las personas en general son muy amigables. Música por todos lados. Es fácil querer este pedazo de ciudad.