Take Shelter

Un señor tiene pesadillas vívidas protagonizadas por una tormenta que lo destruirá todo. Las pesadillas son particulares porque perduran durante la vigilia. El señor, con una historia de esquizofrenia en su familia, teme por su salud mental. En particular teme por una crisis que lo aleje para siempre de su mujer y su hija (solitaria en su sordera). Son miedos comprensibles. Sea porque la amenaza de la tormenta es real o sea porque se está volviendo loco, le queda poco tiempo. Por eso su desesperación no es opcional ni atenuable. La única reacción posible es la urgencia absurda por encontrar un refugio para salvarlas. La amenaza es incontrovertible e incomunicable porque abarca instancias de su consciencia que están fuera del alcance del análisis racional. La pregunta no es si el miedo es real sino si la percepción es fiel a lo que pretende representar o si, para ponerlo de otro modo, la realidad es interior o (al menos someramente) compartida. ¿Estamos aislados en nuestras experiencias y sentimientos? No hay respuesta buena a esas preguntas. Nunca. Instintivamente las evadimos porque por fortuna no hay muchos momentos de la vida donde tenga sentido preguntarse si todos estamos sintonizados en el mismo canal, pero si un momento así llega (Dios nos guarde) la única respuesta sensata (?) es una especie de confianza frágil en que la maquinaria que sostiene el cosmos sea suficientemente consistente (o misericordiosa) como para asegurar la existencia de una sola vivencia a la vez local y amplia que permita conectar lo que somos con lo que son y sienten los demás.