El centro argumental de Danny, The Champion of the World es la relación de un papá (William) y su hijo (Danny). Ambos viven a las afueras de un pueblo inglés en una carreta gitana instalada junto a un taller mecánico con servicio de gasolinería. La mamá de Danny murió cuando él tenía sólo cuatro meses. No tienen mucha plata pero viven bien. Tienen lo que necesitan, que es poco. Danny admira a William y William adora a Danny. Son buenos amigos.

Un día, Danny descubre que William tiene un pasatiempo secreto: a veces, por las noches, roba faisanes de un vecino rico que los cría para organizar cada año festines de caza con la aristocracia local. Es un pasatiempo, además, compartido por buena parte de los hombres y mujeres de clase media del pueblo (incluyendo al doctor, el policía y la esposa del vicario), una especie de deporte extremo con ínfulas reivindicativas. Tras caer en una trampa para ladrones montada por los guardianes de los faisanes, William se rompe una pierna. Danny lo encuentra en el fondo de un pozo y lo rescata antes de que lo descubran. Lo que sigue a continuación es una venganza en clave humorística que convertirá a Danny en el indiscutible campeón del mundo.

Supongo que la idea de este libro es que sea leído desde la posición del niño protagonista, pero yo no pude evitar leerlo desde la paternidad. Al final hay una nota que parece sugerir que Dahl también tiene al papá lector en mente. Lo mismo me pasó hace poco viendo Finding Nemo en un avión. Marvin siempre me ha parecido un personaje cercano a lo que soy y ahora todavía más. Una de mis nuevas angustias es que sea incapaz de conectarme con Laia. (Nota al margen: en realidad los papás no tienen que hacer ningún esfuerzo para que sus hijos no cometan sus mismos errores, porque los hijos naturalmente aspiran a eso (especialmente si esos errores los afectaron personalmente).) Ayer al medio día tuvo dos horas de llanto intenso durante las que se negó a recibir leche. Nada la apaciguaba, ni siquiera el usualmente milagroso cambio de pañal. Al final, como a veces pasa, cayó profunda de golpe, desgastada por sus propios gritos. Esos episodios me hacen sentir derrotado. Por fortuna no son la norma. La mayoría del tiempo ella parece satisfecha con mis cuidados. Cada vez con más frecuencia sonríe cuando me mira y le hablo. Lo hace con chillidos y sacando un poco la lengua entre los labios. Ahí están mis triunfos. En esas sonrisas está sembrada la complicidad que espero poder ofrecerle toda mi vida.