El culto a los Grandes Hombres Muertos es una de nuestras flaquezas como especie. Su presencia falsa nos conmina a aceptar destinos anacrónicos. En contraprestación, y gracias al cándido desvanecimiento de sus defectos, devienen en referencias éticas de uso amplio — herramienta esencial del político moralista aspiracional. Aunque usualmente el proceso es más sutil, los GHM adquieren, a medida que las generaciones distorsionan su memoria, dimensiones sobrenaturales. Abraham Lincoln: Vampire Hunter explicita este proceso natural desde la parodia, pero incluso en la parodia es posible detectar trazas de solemnidad y magnificación sinceras en la historia (al fin y al cabo es producida desde el culto). Este aspecto político del producto (la excepcionalidad general de Lincoln) cala más profundo en el espectador desprevenido que la idea vulgar de vincular la defensa de la esclavitud al vampirismo (para así al cierre reforzar la tesis tendenciosa de que con la guerra civil se acabó la explotación de los negros en Norteamérica.)

Las peleas con hacha muy buenas, eso sí.

Abraham Lincoln a sus 32 años.