La paradoja de Monty Hall es un ejemplo clásico de contraintuitividad de la noción de probabilidad. En un programa de concurso presentado por Monty Hall, el concursante debe elegir una de tres puertas posibles. Detrás de una de las tres puertas se oculta un premio. Las otras dos puertas conducen al vacío. El concursante elige una de las tres puertas de acuerdo a su intuición extrasensorial pero luego, antes de revelar el premio, Monty Hall abre una de las otras dos puertas restantes y detrás de ella no hay nada (sea lo que sea que haya elegido el jugador, siempre puede hacer esto). Una vez ahí, para amplificar el drama, Hall le pregunta al jugador si quiere cambiar de puerta. Sorprendentemente, aceptar la propuesta de Hall es la mejor estrategia.

¿La razón? Una manera sencilla de verlo es imaginar dos jugadores. Ambos inicialmente eligen la misma puerta pero mientras el primero se sostiene en su decisión el segundo no. El primero gana si la primera puerta elegida oculta el premio, es decir, tiene una probabilidad en tres. Note, además, que ese es precisamente el único caso (de tres) en el que el segundo pierde. O sea, el segundo gana con una probabilidad de dos tercios. La liberación de información aparentemente vacía beneficia al segundo jugador.

La pseudomoraleja para la vida de la paradoja de Monty Hall es intrigante: si usted enfrenta más de dos alternativas dudosas y una vez la decisión ha sido tomada pero antes de ejecutarla alguien o algo le ofrece una demostración concluyente de que otra opción (una que ya había descartado con duda) debía ser sin duda descartada, conviene desechar (o al menos reconsiderar) la decisión tomada.

Por eso yo nunca decido nada. Prefiero esperar a que todo se descarte por su propio peso.