No se puede. Todo el mundo se muere. No hay forma de evitarlo. La muerte llega a diario y lo toma todo. No hay oficina de reclamos. No hay oportunidades. El futuro es apenas suficiente para asimilar la resignación. Cerros en llamas. La ciudad destruída. Los monstruos se arrastran por las avenidas desiertas imponiendo su hambre. Bestias inmensas hechas de agua oscura y hedionda que nadan sobre el aire, atrapadas en la intersección entre su realidad y la nuestra. Apenas conscientes. Ajenas al sufrimiento. Hechas de ansia. Parecían la solución, como la guerra.

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La vida es indefensión. Es frágil. No hay garantías. Doscientos mil muertos al primer impacto de La Luz. Millones de supuestos sobrevivientes condenados a décadas de sufrimiento, enfermedad y miedo, ocultos en las cuevas. Sus humores digestivos los preceden. Nubes gaseosas compuestas de gugoles de bacterias ácidas. Una vez reducidos a esa pasta gris, sus protuberancias gelatinosas nos lamen con desgano.