La primera mitad de este año estuve esperando que Laia naciera sana y la segunda mitad he estado dedicado a cuidarla y acompañarla en la casa. Esa es mi alegría. Es lindo verla crecer aunque también me angustia nuestra inestabilidad. Confío con cautela en que todo saldrá bien y encontraremos nuestro lugar. La ansiedad me incapacita cada tanto. Me cuesta darle la vuelta a mis últimos doce años y mirar sus conclusiones positivamente. La muerte de Mauricio me descompensó muchísimo. No puedo evitar pensar que desperdicié diez años de mi vida empeñado en algo muy grande para lo que nunca tuve el nivel de compromiso necesario y cuyos beneficios a estas alturas (tras renunciar) son dudosos. En consecuencia cualquier atisbo de proyecto me hace sentir inseguro de mis capacidades. Todo me supera. Refundí el ánimo. Como manda el cliché procuro apreciar las experiencias que rodearon ese proceso: las personas y lugares que he conocido, las historias, los varios aprendizajes. Supongo que de poder hacerlo tomaría más o menos las mismas decisiones otra vez. De todos modos me siento triste, frustrado y decepcionado de mí. Me gustaría poder ofrecerle a Mónica y Laia una mejor versión de lo que soy.