De repente aprendió a dar vueltas acostada. Llevaba un par de meses intentando que lo hiciera sin éxito, explicándole qué mover, cómo poner los brazos, y de pronto un día aprendió por su cuenta. Creo que entiende el logro porque sonríe orgullosa con cada giro. Ayer por la noche Mónica le dijo algo sobre “su papá” y ella respondió “papá”. En la piscina, mientras tanto, patalea con fuerza para impulsarse hacia el balón. Se lleva bien con el agua aunque todavía no se atreve a lanzarse desde el borde ni entiende el concepto de hacer burbujas (dos de los ejercicios usuales). En la comida cada vez somos más arriesgados. Esta semana comió un platito del sancocho de carne y pollo que hicimos el domingo. Ayer le hicimos un estofado de carne de res con cebolla, pimentón y zanahoria a ver qué opina. Su comida favorita es la berenjena al horno con lentejas. También le gusta comer pedazos de patilla. El martes fuimos al pediatra y sigue dentro de su curva de crecimiento. El pediatra dijo que era muy buena señal que lo mirara con extrañeza y buscara a la mamá. Ahora estira los brazos para pedir que la carguen. También grita para pedir cosas o llamar la atención. La mayor parte del día estamos en la sala con sus juguetes. A veces pongo música y cantamos. Le leo poco. Debería leerle más. Apenas el clima mejore quiero salir al menos una vez al día a caminar. El encierro es pesado para los dos. Sospechamos que viene un diente en camino pero no está confirmado. Últimamente se ríe mucho cuando hago el gesto de lanzarme a morderle las manos. Por las mañanas, recién levantada, la acuesto entre nosotros dos y por la cara parecería que es la niña más feliz del mundo. Con la consciencia, sin embargo, han llegado las primeras frustraciones: Gonta se va, los juguetes no están suficientemente cerca, no la dejo jugar con cables, Plinio no la determina. Llora desconsolada. Hoy la calmé usando una media como títere. Quedó impresionadísima. Este mes empezó a usar la tercera talla de pañal.