Uno de los asistentes regulares a la piscina es un tipo con dos niñas. La mayor tiene dos años y medio y chapotea libre bajo su supervisión ante la mirada aterrada de los otros papás presentes (mayoritariamente sobreprotectores) y la monitora. La menor tiene un año y medio y todavía depende de su papá para flotar. Igual él la suelta, la lanza por los aires y la zambulle sin agüero. Al final de las rondas, por unos diez minutos, la monitora ofrece a los niños lanzamientos acompañados por el rodadero. Es un rodadero curvo cortito. Cuando los niños son pequeños, como Laia, el lanzamiento consiste en rodar agarrado por la monitora hasta el final, donde yo la recibo. Cuando los niños son mayores (~3 años o más) van solos. El papá temerario, sin embargo, considera que la pequeña ya está preparada para rodar sin ayuda y desde lo más alto. La semana pasada, cuando la soltaban, se acostaba en el rodadero y salía disparada al final como un torpedo. Esa era la nueva modalidad. Antes se lanzaba sentada y daba un tumbo brusco al final. Hoy lo volvió a intentar sentada y por culpa del tumbo terminó dándose un golpe fuerte en la cara contra un borde del rodadero. Cayó al agua llorando en brazos de su papá. El papá le dijo que no era nada (aunque ya se veía el morado incipiente que la acompañará por un par de semanas) y se calmó un poco. Otro papá probablemente sale de la piscina en el acto aturdido por la culpa, pero el papá temerario hizo todo lo contrario: le preguntó “¿Vamos otra vez?” y la niña, para mi sorpresa, aceptó todavía entre sollozos. Medio minuto después del golpe estaba de nuevo en el rodadero magullada pero preparada para un nuevo intento. Todos los que estábamos en fila aplaudimos su apiscinaje feliz y sin contratiempos.