Argo engrandece (y luego agradece) el aporte de la industria cinematográfica gringa (y la CIA) al rescate de seis diplomáticos atrapados en Irán en 1979. La historia es deliberadamente trucada para minimizar la contribución canadiense (en realidad mayoritaria y determinante), trivializar las circunstancias políticas y reforzar el mito romántico del agente gringo autosuficiente comprometido con sus principios de superhéroe infantil cincuentero que salva al mundo en solitario. “Because we say it’s based on a true story, rather than this is a true story, we’re allowed to take some dramatic license. There’s a spirit of truth”, dice Affleck. Hay un espíritu de verdad. La película es apenas basada en una historia real pero eso no implica que deba ser la historia real. El argumento es peligrosamente metafísico y medio triste porque sugiere que el cine es incapaz de contar historias (sean realidades o ficciones) con fidelidad: la presión por garantizar entretenimiento justifica que la trama sea modificada sin clemencia hasta que se adapte a algún esquema básico narrativo efectivo y fácil de estructurar.