Los sábados va a la piscina una señora con su hijo en silla de ruedas. El niño está postrado. No se mueve. No reacciona. Mira hacia arriba siempre, atrapado en un salvavidas naranja inmenso: una gran cabeza inexpresiva y flotante. La señora lo integra a todas las actividades en la piscina excepto por esas en las que es necesario interactuar con otros niños. Cuando hay juegos con pelotas ella se hace discretamente en una esquina con su hijo y le habla. No sé qué le dirá. Se nota que le habla mucho. Nunca conversa con nadie más. Yo sufro de incomodidad patológica ante niños así. Me angustio de solo verlos. No es nada claro cuál es su nivel de consciencia de lo que pasa aunque asumo que puede ser alto, lo que simplemente quiere decir que el niño sabe que es diferente y de pronto incluso sabe que lo suyo no es algo que se pueda solucionar. Debe ser durísima la vida de la mamá.