Hombres buscando trabajo en 1933.

La educación superior no sirve para aprender tanto como para escalar socialmente en ciertas jerarquías que la usan como filtro de selección.

Esto en principio no es condenable. Como filtro de selección dentro de esas jerarquías funciona más o menos bien (y todas las jerarquías tienen sus filtros), pero es esencial no caer en engaños y tener claro que ese es su fin antes que difundir conocimiento o contribuir a generar una sociedad más equitativa como muchos (adentro y afuera de la academia) quisiéramos. La aspiración de que la universidad sea una institución democrática y democratizante es relativamente reciente y los pasos en esa dirección han sido tímidos (pese a esfuerzos y presiones desde varios frentes). La universidad nació como un club elitista y de cierta forma nunca ha dejado de serlo aunque cada vez lo disfrace mejor. La educación (descontando excepciones ocasionales) no es su objetivo central. En sociedades altamente estratificadas más que nada envuelve al statu quo en una coraza de “meritocracia” conveniente.

Visto así, es claro de dónde salen todos esos títulos escalonados que ofrecen: son respuesta a la masificación del sistema: entre más aspirantes a acceder a las capas altas más obstáculos y evaluaciones, más requisitos para ser respetable. No se trata de certificar grados altos de idoneidad intelectual (lo que por otro lado sería ridículo) sino de contener pasivamente el ascenso de la masa.

Por supuesto, es posible argumentar que la naturaleza arborea y expansiva del conocimiento requiere cada vez más años de entrenamiento exigente, pero esta es una excusa floja porque, para ser consecuentes, implicaría sistemas de formación interminables. La verdad es que a partir de cierto punto (muy temprano, si se hace bien) quien quiere aprender puede hacerlo por su cuenta si tiene los medios y el ambiente apropiado. La universidad ofrece los medios y el ambiente, concedido, pero no es la única opción, nunca la ha sido, y en ciertos casos ni siquiera es la mejor: actualmente no tiene la capacidad para adaptarse a cambios sociales y sus programas, pensados para otro mundo, conducen con cada vez más frecuencia a mercados laborales saturados. Los niveles en ascenso del desempleo y el subempleo entre los “educados” en países industrializados (e.g., Canadá) son un nuevo síntoma preocupante de una obsolescencia no admitida.