El sábado por la tarde, cuando volvimos de comer en el parque, Laia empezó a caminar. Estábamos en la sala. Mónica jugaba con ella en el piso y yo estaba leyendo algo en el escritorio. Mónica me dijo que me estaba perdiendo algo importante. Me volteé y Laia daba un paso tras otro con mucha torpeza pero también con decisión. Cuando finalmente se cayó, aplaudió. Estaba feliz. Creo que entendía que lo que estaba haciendo era, si no importante, por lo menos especial y digno de emoción. Después de esa primera vez siguió intentando, cada vez más temeraria, aumentando la longitud y frecuencia de los pasos, como midiendo sus nuevos límites (o evaluando sus súper poderes recién descubiertos). Hoy domingo por la mañana amaneció más cauta, pero ya hacia el final de la tarde intentaba correr hacia Mónica pegando un salto hacia sus brazos al puro final, cuando el equilibrio la abandonaba.