Durante el primer mes de su segundo año Laia empezó a caminar. Sobre esto ya he escrito. Después de la novedad inicial siguió un período de cautela experimental que parece haber terminado hoy, tal vez para celebrar el nuevo mes de vida: desde por la mañana ha estado caminando por la sala evitando apoyos y sin dirigirse específicamente hacia nada. Por primera vez parece preferir caminar a gatear. Otra de las novedades de este mes es que empezó a usar palabras con propósito. Dice “agua” cuando quiere agua (suena “abua”). También usa el signo correspondiente en lenguaje de señas cuando la palabra no le sale. Por otro lado responde a varias frases, reconoce palabras, sabe partes de la cara y las señala, lanza pelotas, abraza sus muñecos y les da besos, sabe cuándo puede jugar con Gonta y cuándo no, reconoce e inteactúa con personas por Skype, entiende vagamente cómo se usa el iPad, nos imita. Aprende montones sin que sintamos que le enseñamos. Siempre está atenta a lo que hacemos, pero le gusta contar con cierta independencia/distancia. Es necia, hiperactiva y rebelde. Las noches siguen siendo duras. Ocasionalmente no duerme. La comida también es toda una guerra, aunque la reproducción de videos en el computador ha ayudado mucho. Pocoyó nunca falla. Aunque es exigente cuidarla (y no siempre tengo la disposición emocional correcta), cada vez me parece más maravilloso todo. Al principio mi conexión con ella era complicada. Pensaba que estaba en desventaja por ser el papá (que es, para ella, casi como ser nada). Ahora he empezado a sentir un vínculo personal muy fuerte. Cada vez me usa menos como un sucedáneo de la mamá. Tenemos nuestra propia relación y nuestras propias actividades. Somos un equipo. Prefiere a la mamá en general (se adoran), pero tiene juegos que son sólo conmigo. En medio de todo eso ha adoptado muchos de mis gestos. Me reconozco en ella. Jugamos entre las siestas, las comidas, las cambiadas de pañal y los baños. También cantamos y bailamos. Nos protegemos mutuamente. Tenemos nuestro plan de ir a la cafetería. Ella se sienta junto a mí y nos comemos un scone de queso con arándanos entre los dos mientras me tomo un café. Las dependientes del café nos conocen y saludan. Laia saluda a todo el que entra. Algunos responden. Los canadienses son jodidos. Los viejos son generalmente más receptivos. Quiero salir más con ella ahora que empiece a caminar con más seguridad. Hay algo en la actitud de Laia, en su forma feliz de acercarse a todo y todos, con buen ánimo, sin prevenciones, que me hace mucho bien. Mi hermana dice, y creo que tiene razón, que estoy enamorado. Es muy agradable sentir (o tener cerca) todo ese cariño y asombro. Es un gran privilegio acompañarla en estos primeros años y verla crecer. Tengo muchísima suerte.