Las cosas malas son más difíciles de hablar que las cosas buenas. Nadie quiere hablar de las cosas malas porque articularlas implica conjurarlas en el presente, revivir la tristeza y asumir sus consecuencias postergadas. Se recomienda olvidarlas. La teoría es que si al silencio se le concede suficiente tiempo este disuelve lo que quiera que pasó, no importa lo grave que haya sido. Se pretende que el pasado sea pasado aunque siga vivo en la memoria de quien lo padeció, atrapado en la incapacidad para darle palabras por temor a lo que pueda desencadenar. Pero hay ciertos eventos para los que el tiempo no pasa: se preservan frescos en la frustración de no saber cómo afrontarlos. El pasado necesita las palabras para poder fluir y asentarse. Sin palabras que le otorguen una realidad el pasado no se resuelve ni caduca, sólo se amplifica. El dolor del pasado negado no sana.