El sábado Laia cumplió catorce meses y el lunes Mauricio cumpliría tres años. No sé muy bien qué contar. Ella está caminando y hablando mucho más. Todavía no se le entiende mayor cosa. La comida sigue siendo una guerra constante. Ahora sabe subirse al sofá, lo que aumenta el riesgo de caídas peligrosas. Al final de la semana me siento muy cansado. Hoy estaba en el bar y de pronto me di cuenta de que envidiaba a los cinco tipos de la mesa del lado que tomaban cerveza y conversaban sobre camiones. No envidiaba ni la cerveza (que no tolero muy bien) ni la conversación específica (no sé nada de camiones) sino esa compañía que dan los amigos. Tal vez por la cercanía a los días de la vida y muerte de Mauricio se me intensifican mis pensamientos angustiantes sobre la soledad y la falta de rumbo/propósito. De cierta forma sigo atrapado en el cráter de esa muerte. No he encontrado cómo salir (y a ratos ni siquiera sé para qué salir). El jueves estuve muy triste durante una de las siestas de Laia (tontamente me puse a revisar fotos y algunas de las cosas que escribí sobre el niño) y me dio gusto cuando se despertó y me llamó desde la cuna para que fuera a rescatarla. Mauricio me mandó a Laia. Aunque es por lo general distante a veces se acerca y me abraza. Esos gestos de cariño espontáneos son lindos, me hacen sentir protegido. No sé qué día de la semana pasada se tropezó y se fue de espaldas. Alcancé a agarrarla antes de que se diera de nuca contra el suelo. Como parecía asustada la alcé un rato. Creo que lo hago más por mí que por ella. Me tranquiliza mucho abrazarla y hablarle. Es reconfortante. Me rescata tanto como yo a ella.