Fui a almorzar a la cafetería con Laia. Nos sentamos en la mesa junto a la puerta. Laia oficiaba espontáneamente como comité unipersonal de bienvenida del negocio. Como siempre, varias señoras mayores se acercaron a saludarla.

Una se acercó y me preguntó cómo se llamaba y de dónde era el nombre. Después me preguntó su edad y halagó su disposición para hablar y sonreír. Le dije que era extraño porque ni Mónica ni yo éramos muy sociables, así que habíamos tenido que aprender a socializar a través de ella. Finalmente me preguntó si yo era cristiano. Le dije que no. Ella dijo que iba a rezar para que la niña conociera a Jesucristo y fuera salvada. Le di las gracias aunque no estoy seguro de que fuera un buen deseo. Se alejó pero inmediatamente regresó y me dijo: “su hija es una bendición. ¿Sabe por qué es tan sociable e inteligente? Es un regalo del cielo.” Pidió un café para llevar y se fue.

Otra, una señora canosa con ojos azules entrecerrados y un abrigo morado muy vistoso, se acercó más tarde y me dijo: “Esa niña tiene sus ojos. ¿Sabe en qué pienso cuando veo a una niña tan linda como su hija? Pienso en los miserables que abusan de los niños pequeños como ella y les destruyen sus vidas. Pienso que si mi papá estuviera vivo, él era un oficial de inteligencia del ejército, seguro tomaría su fusil y bum“. Hizo un gesto con los brazos para ilustrar su frase. Creo que se notó la sorpresa en mi cara porque preguntó: “¿Lo incomodo?” Le dije que no. Siguió, muy seria: “Pero sí, veo a su hija y pienso en esa niña que mataron en Woodstock hace dos años. Cuánta inocencia. Un hombre llega y la viola y después la mata a golpes con un martillo. Esos hombres no merecen vivir. La cárcel no es suficiente castigo para personas así. A mí me gustaría… Mire a su hija. Mírela. Imagine que le pasara algo como eso. Ojalá que nunca le pase. Por fortuna ella lo tiene a usted. Seguro que usted es un buen padre.”

“Lo intento”, le respondí.

“No, yo sé que usted es un buen padre. ¿Sabe por qué lo sé? Porque su hija se ve feliz. Se nota que lo quiere y que usted la quiere. Eso es suficiente evidencia de que usted es un buen padre.”

Después se fue. Laia le gritó “Bye-bye!”.