Ser a la larga prescindible, como el buen maestro que guía y motiva sin imponerse. Dejo a Laia flotar libre agarrada de un fideo de espuma color verde aguamarina. La suelto y la veo irse por momentos, siempre al alcance de mis manos. Al final de la sesión del sábado, cuando reducen la profundidad de la piscina a los dos pies, hicimos la prueba recurrente a ver si por fin puede sostenerse de pie. Por primera vez lo logró y pronto empezó a dar pasitos empinada, todavía con la boca bajo el agua pero la nariz en alto para poder respirar. Caminó varias veces desde Mónica hacia mí y de regreso con la boca cerrada y sonriente. Cada vez estábamos más lejos. Al menos en una ocasión se detuvo en la mitad del trayecto y contempló la posibilidad de ir hacia otros niños. Pronto lo intentará.

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Aunque es evidente que Waiting for Superman es un documental parcializado y con una agenda política abierta a favor de la privatización de la educación pública en Estados Unidos mediante la conversión al modelo de colegios charter, i.e. con fondos públicos pero manejados por instituciones privadas no necesariamente sin ánimo de lucro (una de esas ideas en principio buenas pervertida por desregulaciones libre-mercadistas absurdas), este largo (y viejo) comentario de Diane Ravitch deja clarísimo el nivel de manipulación que el director se permite para respaldar su posición.

Uno de los argumentos centrales de Ravitch (hay varios y todos muy potentes) es que, pese a la insistencia del documental, la calidad de los profesores es un factor pequeño en el desempeño académico de los estudiantes y siempre lo ha sido (son más claves la infraestructura de los colegios, la inversión por estudiante y, por supuesto, las condiciones de vida de los muchachos). En Waiting for Superman se promueve sin matices la idea de que si se tiene el poder de expulsar maestros a discreción por “malos resultados” (lo que quiera que signifique) y premiar con compensaciones generosas a quienes obtienen “evaluaciones positivas” (de nuevo es discutible lo que esto quiere decir) entonces el sistema mejora por pura selección salvaje.

Este esquema, me enteré hoy leyendo este artículo de David Morris, proviene de un sistema de administración de personal dentro de Microsoft que Bill Gates se empeñó por años (y con lobby fuerte) en transferir a la administración de maestros con bastante éxito (treinta y seis estados lo han implementado). El giro trágico que reporta Morris es que hace menos de un mes ese mismo sistema de administración de personal ha sido reevaluado por Microsoft pues concluyeron que es uno de los factores que hizo que la compañía perdiera competitividad. Aparentemente creaba unas condiciones de trabajo horribles, con rivalidades entre compañeros y un nivel altísimo de deserción. Nada muy deseable. Lo más triste, claro, es que al mismo tiempo que fracasa en el medio donde nació sigue prosperando como la solución favorita, ya con vida propia, para dizque reparar el súper maltrecho sistema educativo público.