Diecisiete meses en este planeta. Todavía no sé qué quiere aunque creo que me quiere. No es claro que sepa que soy distinto de Mónica. Sospecho que nos considera dos materializaciones de la misma entidad primigenia que es fuente y sentido de todo lo concebible (especialmente de leche). Mi materialización es jerárquicamente inferior a la otra, eso sí. Ayer vio dos percherones inmensos que recorrían el barrio arrastrando un vagoncito navideño. A su escala la visión debió ser muy imponente. A mi escala todavía lo era. A modo de reverencia ejecutó un pequeño baile ritual. Le encanta la música.

Su habilidad para comunicarse sigue siendo esencialmente no verbal. Tengo la sensación de que incluso ha perdido vocabulario a cambio de onomatopeyas (perro, gato, elefante, monstruo, samurai, león, pato). Por otro lado, durante el último mes empezó a interesarse por los libros. Los trae para que se los lea aunque a veces se desentiende a la mitad. Los conoce por el nombre. Su favorito trata de un niño que encuentra a un patitito de hule y, simétricamente, de un patito de hule que encuentra a un niño. Ese fue un regalo de Katherine, a quien conoceremos a final de mes.

La alimentación y la dormida han mejorado ahora que la boca dejó de ser un campo de batalla y se actualizó en número de dientes. De todas formas a veces todavía se despierta en medio de la noche a llamar a la entidad dual que llama mama. Mama, por su parte, duerme en la sala en el colchón del sofá cama mientras logra adecuar el cuarto de los chécheres como cuarto de chécheres y niña en estado salvaje. Estamos a poco de lograrlo. Nuestro sueño es el mayor beneficiado aunque la espalda se resienta. Calculo que para el final de la semana volveremos a nuestra cama. Hoy bajamos un aire acondicionado pesadísimo al depósito.

El experimento continúa su curso.