De vuelta en el apartamento leí Navidad y Matanza de Carlos Labbé. Es una de esas novelas-máquina autoconscientes y protagonizadas por escritores sublimados llenas de escenas aparentemente intrigantes sin clausura y en las que la trama es una línea entrecortada y tenue en lo profundo de un enramado de lo que supongo son referencias a otros textos y saberes diversos y uno que otro comentario político o de teoría literaria en plan collage. Que los héroes de las novelas latinoamericanas sean escritores es obviamente una cuestión de marketing: la mayoría de las personas que leen literatura latinoamericana en Latinoamérica son estudiantes de literatura que quieren ser escritores (desde el exilio, por lo general) y con el héroe escritor se aumenta la probabilidad de enganchar al lector (o sea escritor en ciernes) a través del artilugio de la identificación. Van a lo seguro. De todos modos cansa eso de que los escritores y estudiantes de literatura, que en general son personas bastante pusilánimes, se representen como ideales románticos de la valentía y el sacrificio a través de su oficio. Como sea, Matanza y Navidad tiene un montón de trabajo de prosa y recursos estructurales que no se pierden pero creo que tampoco se aprovechan para montar algo de verdad significativo. La narración elude la concreción con una terquedad patológica. Un cierto nivel de misterio y vaguedad laberíntica no cae mal, pero hay que ofrecer algo con sustancia a cambio, especialmente si pretenden que uno lea casi doscientas páginas de alegorías anidadas donde intervienen varios narradores de esos postmodernos que no son de fiar. Hay mucho ingenio en esta novela y muchísimo cerebro en bruto repleto de ideas. Se nota que Labbé se va a volver un crack. Scott Esposito decía hace poco en Twitter que Labbé “is the real deal“. Yo diría que “will (surely) be“. Quisiera leerle algo más extenso, ojalá descolocado, imperfecto y jugoso, que escurra, que salga del laboratorio. Tanta pulcritud formal no deja crecer vida.