Se rompieron las gafas en el puente que une los lentes. Es irreparable. La pasta estaba débil y no resistió una caída. Ya tenían cinco años. Como es usual, no tengo remplazo. Mientras consigo otras, un pedazo de cinta sostiene precariamente en su lugar a las fracturadas. Estoy mareado. Los lentes se bambolean. Podría pegármelas a la cara con cinta de enmascarar para lograr mayor apoyo.

Fueron unas gafas fieles y aventureras. Me acompañaron en mis años de viajes y resistieron todo tipo de maltratos. A través de ellas vi a mis dos hijos nacer. Las compré poco antes de irnos de Barcelona. De su color azul original apenas quedaba una sombra opaca. Me gustaba que fueran azules. Creo que por eso las elegí.

Mañana temprano iremos a la óptica de la universidad. Las ópticas en Canadá son particularmente caras. Cobran hasta el examen de ojos. En parte por eso había postergado la compra de un nuevo par. Esperaba que alcanzáramos a visitar algún país donde los precios fueran más tolerables. No se pudo.

Cambiar de gafas es como cambiar de cara.