Los resultados de Pisa merecen atención pero también cuidado en su interpretación. Pisa, como todo examen, evalúa un contenido dado. Se parte del supuesto de que este contenido es estándar. Se asume que el diseño del examen toma en cuenta sesgos culturales. ¿Qué tanto? Es difícil de saber. Sin duda Pisa se acomoda mejor al sistema educativo de ciertos países que a otros. En últimas lo que Pisa mide es la cercanía del sistema educativo de un país al ideal que la organización propone. No creo que las personas al frente de la educación colombiana tengan claro cuál es ese ideal que Pisa promueve implícitamente con su examen. (Es discutible (o debería serlo) que ese sea un objetivo que debamos adoptar, por cierto.) Ni siquiera creo que esas personas tengan algún objetivo claro en mente. La verdad es que el sistema educativo colombiano está tan a la deriva y su existencia es tan difusa que es casi imposible tomar los resultados de Pisa como demostración de algo distinto a su abandono. La capacidad del examen para evaluar algo profundo (estilo “la capacidad de los muchachos para resolver problemas” — de paso: ¿cómo se puede esperar medir con un examen escrito la capacidad para resolver problemas cotidianos de unos muchachos que no saben leer ni escribir?) es contingente a que contemos con un sistema educativo relativamente organizado y mínimamente funcional, cosa que en Colombia, no nos mintamos, todavía no existe. En tanto que la calidad del sistema educativo dependa de la buena voluntad de héroes anónimos dispersos rodeados de un mar picado de mediocridad los resultados lamentables en las pruebas Pisa no hablarán de maestros ni de estudiantes ni de colegios sino de la ineptitud de los políticos y funcionarios y su desprecio más que evidente por el futuro del grueso de los colombianos.