Me da miedo esa capacidad que tienen los juegos de video para sumergir emocionalmente al jugador en la trama y comprometerlo con su suerte (la de un personaje) dentro del juego. En mi caso la reacción es casi fisiológica: una apaleada al Batman de Arkham Origins me llena de ansiedad, me tiemblan las manos, me intranquiliza; tengo que sentarme y cerrar los ojos un rato. La frustración de ser derrotado varias veces consecutivas intentando superar un escenario en Fez me convierte en pura ira y no sé ni siquiera a qué. Eso tal vez hace más patético todo: racionalmente es claro que nada de lo que pasa tiene consecuencias pero aún así algo adentro toma control y monta al cuerpo y la cabeza (soy un dualista de corazón) en prácticamente el mismo modo de alerta en el que caería ante una amenaza física seria. Y uno entiende que es ridículo pero no puede hacer nada para que no lo afecte. Y para colmo al cabo de un rato vuelve al juego a ser derrotado una vez más.