Hoy por la tarde tuve la tentación momentánea de reabrir mi cuenta de Twitter, actualmente en coma inducido, pero en lugar de eso decidí echarme una siesta. Durante la siesta, más larga de lo socialmente aceptable, soñé una película de acción muy confusa que involucraba una escena en la que todos terminábamos pintados de verde. Fue una siesta provechosa. Aunque soy consciente de que alejarme del ruido de Twitter y entregar mi atención a mis pequeñas rutinas caseras es en todo sentido beneficioso, a veces extraño la sensación de compañía que recibo de la interacción con mis amigos digitales distantes. Soy solitario pero disfruto conversar ocasionalmente con personas que estén fuera de mi cabeza. Sobre cualquier cosa. Me divierte hablar y discutir y sobre todo oír/leer a otros hablar/pensar/reaccionar. En mi vida actual tengo pocas oportunidades de hacer eso así que compenso sucumbiendo cada tanto en el vicio del soliloquio colectivo que ofrecen las “redes sociales”. Por hoy me abstuve. En el fondo sé que me conviene esa abstinencia pues los días me rinden más. La limpieza de la casa lo agradece y creo que Laia también.