De vuelta de la cafetería vi un carro parqueado en la calle principal del barrio con un niño de un año encerrado adentro, sentado en su silla. El carro no tenía luces de parqueo y todas las ventanas estaban cerradas. Por primera vez en mis treinta y siete años maldije no tener un teléfono celular para denunciar a los irresponsables que dejaron a ese niño ahí.