Una forma de medir las limitaciones en la estructura mental de una persona es preguntarle cómo enseñaría a unos niños a pensar. Cualquier respuesta que parta de intensificar el estudio formal de algún área del saber académico (sea lógica, filosofía, gramática, neurociencia o estadística) es prueba de que la persona en cuestión está atrapada en un cajón sociocultural desde el cual el pensamiento se vuelve equivalente al dominio de esos saberes técnicos. Confunde pequeñas teorías con el mundo.

Yo no creo que se pueda enseñar a pensar. Todo el mundo piensa. Lo que sí se puede es acompañar aprendizajes y ofrecer herramientas para organizar y expresar mejor lo que se piensa. Para no perderse. Tal vez es posible encontrar algunas de esas herramientas al fondo de cualquiera de esas disciplinas, pero el dominio de ninguna de ellas garantiza nada en ese sentido. De hecho cada vez es más frecuente que la academia promueva la redacción ininteligible como sublimadora de ideas. En lugar de organizar y aclarar lo que se piensa, se insta a oscurecerlo para que parezca inaccesible y por ende profundo. Es una forma burda de justificarse.

En la práctica, tan buena es la gramática para aprender a pensar como el fútbol, la jardinería o la astronomía.

A decir verdad la jardinería podría ser un poco mejor.