Por cosas del tiempo, que pasa y no me lleva, ya estoy absolutamente por fuera del rango de edad de la población que los estudios de cine esperan capturar con sus blockbusters de mitad de año, así que voy a esas películas a sabiendas de que no encontraré nada para mí más allá que esa desmesura argumental y estilística que las caracteriza y que nunca pierde (o eso pensaba) su encanto.

(Miento: en el fondo tengo la ilusión de que todavía pueda conectar y acreditar juventud y por ende vigencia. Por eso voy también.)

Pero entonces en medio de la pelea final y determinante en una planta de energía a orillas del Hudson las descargas de Elektro para fritar al Hombre Araña se revientan contra los transformadores o como quiera que se llamen esos postes forrados en anillos metálicos y los postes vibran, se iluminan como barras de sonido y sueltan tonos que, combinados, producen una versión electrónica particularmente oscura de Itsy Bitsy Spider. Ni siquiera la pelea final (en la que sin duda morirá el villano, o sea una víctima más de la maquiavélica corporación Oscorp) merece solemnidad. La fusión entre el cine de alto presupuesto y los parques de atracciones mecánicas que se inició con Los Piratas del Caribe ahora es plena.

Pese a mis bajas expectativas, me aburro. Ya ni los saltos al vacío de Peter Parker desde los rascacielos de Manhattan en dos dimensiones y media me logran emocionar.