Sofía y el Terco

La primera película de Andrés Burgos me gusta por lo mismo que me gusta el cine de Wes Anderson. Sofía y El Terco es cuidadosa y tiene estilo. Cada detalle es decidido. Es personal y caprichosa al nivel justo. Su sencillez la fortalece. Permite disfrutar los juegos formales, las restricciones y la atención a las tomas, los objetos, los colores, las luces, la música, los escenarios, los paisajes, los chistes y la gran antena parabólica montada sobre una casa en medio del campo. ¿Ya dije los colores? La película, sostenida sobre la disrupción temporal de una rutina, de un método, es en contraste metódica en su planteamiento y realización. También es infantil en el sentido muy serio en el que los mejores libros infantiles lo son: amplia, expansiva, propone un mundo; la trama, como corresponde, es engañosamente simple: una mujer atrapada en su vida de ama de casa decide emprender un viaje a escondidas de su marido para conocer el mar. Todo sale mal y todo sale bien. Varias historias se plantean en el trasfondo. No hay pretensiones de realismo o grandes ideas ni desgastes con transgresiones o denuncias. En cambio hay dulzura sincera, reglas estrictas y aprecio y respeto por el medio y sus posibilidades narrativas. Deja buen sabor, admiración y ganas de más.