Decía Héctor Abad en una columna que era bueno que la campaña presidencial fuera “aburrida” porque eso quería decir que se hablaría de asuntos más sustanciosos.

Pero no se habla de nada.

Se habla de consultorías con estafadores, acosadores y difamadores profesionales. También de sus obras, a las que pese a la intención más que evidente de perturbar y desviar la discusión política (¡necesaria, urgente!) se les otorga un altísimo valor de verdad y atención. Todo se reduce a desinformaciones sobre la posibilidad de que cada candidato sea un criminal o al menos títere de un criminal (o del imbécil de Uribe, que es considerado todavía peor).

Cualquier posibilidad de debate público se evade por estrategia.

A veces se habla de que no se habla de nada, como para que quede claro el vacío.

Que quede claro que nada importa porque la victoria no depende de ideas ni propuestas sino de quién logre sumar más apoyos (a punta de acuerdos más bien oscuros) entre los doscientos o trescientos tipos (a lo más) que canalizan, filtran y distribuyen el botín público.

Pero claro, estas elecciones son importantes. “¡Se decide todo!”, dicen los ansiosos que sienten que siempre están en la coyuntura.

De pronto no se decide nada. De pronto ya todo está decidido y de verdad da lo mismo quién gane entre los dos señores, seamos justos, que pueden ganar.

Cuánta confianza en la farsa.

Es muy jodido atender a las noticias de la campaña presidencial colombiana y no terminar hundido en un pesimismo que sólo admite el cinismo más amargo como antídoto. Así empezaba y terminaba esta entrada. Era sólo esa frase. Se convirtió en esto.