Creo que pienso más en Colombia de lo que debería.

Alguna vez Alejo me dijo que Colombia, como tema, sólo existe en el exilio o algo así. Que en realidad en la vida cotidiana, en la experiencia del país, Colombia no es nunca un tema para nadie que lo habite. De pronto estoy tergiversando lo que me dijo. Fue hace miles de años.

El miércoles estaba una mujer colombiana en la piscina. Tenía las facciones y acento de bogotana de clase alta. Jugaba con su hijo gordito y rubio. Cuando me oyó hablar en español a su lado se alejó incómoda. A veces eso es Colombia también: esa distancia esencial, la identidad que parte de la desconfianza en el igual.

Hace poco le decía a Luis que tal vez lo correcto, de poder votar, sería entregarle mi voto a los amigos que viven allá. Proponerles que decidan ellos por quién voto y aceptar su decisión. Lo que pase allá los afecta mucho más a ellos que a mí. Desde acá (este momento y este lugar) me cuesta cada vez más entender realmente qué pasa. Es complicado diferenciar los anuncios constantes de crisis inminente de la angustia sincera que algunos expresan, o sopesar su optimismo ocasional.

El contacto que me permiten los medios digitales es intenso pero engañoso: su flujo es modulado por los oleajes emocionales más potentes. El rumor de la vivencia se pierde entre los gritos consternados, alegres o indignados, entre los sentimientos más manipulables y explosivos. Es como estar en la tribuna de un estadio deportivo de espaldas a un partido eterno, viéndolo sin verlo y con una comprensión cada vez más escasa de las reglas del juego.